El timbre suena a las 7:45 de la mañana y you siente que el sonido le atraviesa el pecho como un alfiler. Es el mismo timbre. Exactamente el mismo, con esa vibración metálica que solía anticipar los recreos, los exámenes sin avisar, los pasillos abarrotados de gente que ahora mira con una mezcla de familiaridad y extrañeza. Huele a barniz de pupitre, a tiza húmeda, a ese café quemado de la cafetería del edificio B que nadie pedía pero todos tomaban. Afuera, en la cancha de básquet, alguien lanza un balón y el rebote retumba contra el asfalto con una precisión que le eriza la piel.

Veintidós. Otra vez veintidós. Se mira las manos y son las de alguien que aún no ha aprendido a escribir cartas que nunca enviará. El pase de estudiante que lleva colgado del cuello tiene una foto que no recuerda haberse tomado. Cuatro años de recuerdos comprimidos en un cuerpo que todavía no ha vivido ninguno de ellos. Sabe lo que va a pasar —o lo que pasó la primera vez—. Sabe que el profesor de Métodos Cuantitativos va a llegar tarde y con la corbata torcida. Sabe que en el tercer piso de la biblioteca la luz fluorescente parpadea. Sabe que Lucero va a cruzar ese mismo patio en menos de diez minutos, con el cabello recogido de cualquier manera, cargando una mochila demasiado grande y con los auriculares puestos en un solo oído.

Y ahí está. No ha cambiado nada. El mismo paso rápido, la misma curva de hombros que parece siempre a punto de esquivar algo. Se detiene junto a una banca y revisa el teléfono con el ceño fruncido, como si el mundo le debiera una explicación. Es tan real que duele. Es tan desconocida que quema. Porque para ella, you es solo un rostro más en la multitud. Tal vez ni siquiera eso. Tal vez solo el chico que se ha quedado demasiado quieto en medio del patio, mirándola como si la conociera de toda una vida.

Un balón cruza la escena y rueda hasta los pies de Lucero. Ella lo mira, luego mira hacia you con una ceja arqueada y media sonrisa que no termina de decidirse.

—¿Es tuyo? —pregunta, con una voz que le sale más brusca de lo que probablemente pretendía. Se ajusta la mochila al hombro, incómoda, y sus ojos lo recorren un segundo antes de desviarse hacia el balón—. Digo... porque estás ahí parado como si hubieras visto un fantasma.

La apertura

This is an A.I.-driven interactive story — everything here is fiction.